No quiero moderarme

Imagen: Baco enfermo, de Caravaggio.

El hombre no puede descubrir nuevos océanos a menos que tenga el coraje para perder de vista  la costa. André Gide

La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Oscar Wilde

¿No estarás gastando mucho dinero en viajes? ¿Acaso no has viajado demasiado? ¿No estás gastando mucho dinero en libros? ¿No estarás practicando demasiado deporte? ¿No has comido mucho? ¿Otra copa más de vino? ¿De verdad vas a tomar postre?

No, no y no. No quiero la moderación. Que la practiquen otros. Dejadme vivir. La virtud jamás nació de la moderación ni de la mesura. Nunca ha sido así y nunca lo será. El gozo, el disfrute, la excelencia, el placer más excelso… jamás fueron consecuencia de la moderación. Hay que ir más allá. Es obligatorio cruzar la frontera, romper la barrera, saltar la valla, todo sin mirar atrás.

¿Acaso los personajes a los que admiráis son ejemplos de autocontrol? No. Nadie. Sea quien sea, da igual el ámbito al que pertenezca, ha escrito su nombre en la historia por dar un paso más.

No quiero que nadie coarte mi libertad. Quiero dormir una hora más. Dadme otra copa, otro libro, otro billete de avión y mil besos más. Veréis como sonrío, y lo que es mejor, sonreiréis conmigo.

 

Poema de Antonio Machado

Pese a que no soy un gran experto en poesía,  hay unos cuantos poemas que guardo en mi cabeza. Uno de ellos es este de Machado, publicado en el libro “Campos de Castilla”. Disfrutad.

 

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
—así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

 

The Imitation Game

The Imitation Game, traducida al español con el título estúpido de Descifrando enigma, es la última película que he tenido el placer de ver. La protagonizan Benedict Cumberbatch y Keira Knightley. De Cumberbatch no había visto nada antes. Está espléndido, te crees el personaje. Sobre Keira Knightley tenía mis dudas, ya que su carrera cinematográfica no me incitaba a esperar demasiado de ella. En esta película actúa bien, pero sin excesos. Tampoco le vayamos a pedir peras al olmo. Sobre la película en sí, vale la pena. Buena historia.

Está basada en parte de la vida de Alan Turing, un matemático británico que ayudó a desencriptar mensajes alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y que sentó las bases de la informática moderna. La película se centra en narrar el proceso que trata de la construcción de la Máquina de Turing, una especie de ordenador primitivo. Junto a él trabajan codo con codo la élite de la inteligencia británica, y aunque se trata de un grupo muy heterogéneo, no les queda más remedio que llevarse bien para sacar adelante el objetivo.

Tiene una historia secundaria muy bonita, que creo que es la que el populacho ha interpretado como historia principal. Lo digo porque eché un vistazo a las opiniones del algunos usuarios en Filmaffinity.com tras ver la película. Mala idea. La chusma siempre va a lo suyo. La mencionada parte explica cómo ha afectado la homosexualidad de Turing a su vida y a su trabajo. Por lo que interpreto, mucha gente ha pensado que la película se centraba en la homosexualidad del protagonista para despertar el morbo del espectador. No es cierto. La clave, la premisa de la película, es poner la inteligencia y la paciencia por delante de las armas  como factor clave de toda resolución de problemas.

Alan Turing tuvo una muerte trágica. Se suicidó en 1954 tras ser condenado por ser homosexual. Si de verdad quisieran despertar el morbo del espectador, seguramente habrían explotado la parte final de su vida, cuando en la película ni se menciona.

Por cierto, en el año 2013 la Reina de Inglaterra exoneró oficialmente a Turing de todos los cargos y acusaciones. Lo que ya no sé es si sintió vergüenza al hacerlo casi 50 años después de su muerte.

Promesas para 2016 (en serio)

He aquí una pequeña lista:

  • No comprar libros (solo los imprescindibles)
  • Aprender a escribir
  • Aprender a cocinar postres
  • Beber más vino
  • Leer más novelas de autores españoles
  • Leer más novelas de autores rusos
  • Leer más novelas del XIX
  • Leer más historia
  • Leer más ensayo
  • Viajar solo
  • Dormir al aire libre
  • Viajar con mis perras y decirles lo mucho que las quiero. Pasar mi mano por su lomo una y otra vez. Dejar que me laman la cara las veces que ellas quieran
  • Caminar horas y horas hasta quedar exhausto
  • Nadar hasta que me duela todo el cuerpo
  • Seguir teniendo en mente el decálogo de Hemingway.
  • Seguir teniendo en mente el capítulo uno de Moby Dick.
  • Aprender francés
  • Aprender portugués
  • Aprender italiano
  • Mudarme. Buscar un sitio mejor para vivir.

 

Maldita incertidumbre

Este año termino la universidad. Daré el salto al mercado laboral. ¡Por fin! Tras cinco años en una escuela de ingeniería, llegará el gran momento. Echo la vista atrás y pienso lo que he cambiado en todo este tiempo, la gente que he conocido y que ahora forma parte de mi vida, aquéllos de los que me he tenido que despedir a la fuerza y que jamás volveré a ver, etc. ¿En qué he cambiado? Me lo he estado preguntando últimamente.

Hace cinco años entré en la universidad con unas ganas horribles de comerme el mundo. Sentía que iba a formar parte de una élite y que un futuro prometedor me aguardaba. Me voy a esforzar al máximo-pensé-y tarde o temprano llegará la recompensa. En mi cabeza tenía una imagen idealista de lo que era la universidad: un lugar donde el conocimiento es lo único que importa, donde se va a aprender y no a aprobar… ¡Iluso de mí! La misma porquería que el instituto. ¡Qué digo la misma, mucho peor!

¿Que por qué me ha defraudado? Lo que más me sorprendió al principio fue que todos los apuntes que los profesores ofrecen a los alumnos son archivos de PowerPoint. Salvo honrosas excepciones, claro, pero dichas excepciones se cuentan con los dedos de una mano. ¿Cómo diablos se puede formar a un profesional a base de PowerPoints? El resultado es evidente: profesores que no se saben expresar. No saben escribir. No saben hablar. No saben transmitir sus conocimientos. ¿Y cuál es el resultado? Alumnos mediocres. Profesionales mediocres. Sociedad mediocre. ¿La generación más preparada de la historia? JA! La generación más preparada de la historia es la generación que vivió la transición a la democracia. Esa gente sí que se sabe cómo funciona esta puta vida. Se tuvieron que labrar un futuro, tuvieron que coger un país en construcción, crear empresas, partirse la espalda para dar una educación a sus hijos… ¿Y qué tenemos ahora? Tontos con diploma.

Hay veces que lo pienso, y ojalá hubiera escogido ir por otra vía. Una carrera de letras, por ejemplo. Creo que en periodismo o traducción habría disfrutado mucho más. Al fin y al cabo, a mí lo que me gusta es juntar frases, pero desgraciadamente, hay que buscarle el sentido práctico a la vida, y muchas veces el impulso de nuestros padres pesa más que el nuestro. Quién sabe, igual triunfo en el mundo de la empresa privada. El tiempo lo dirá. Lo que sí mantengo, y mantendré siempre, es el punto de locura y espíritu iconoclasta que me dieron Jack London, Stevenson, Thoreau, Melville o Baroja. Esa pequeña chispa que dejaron dentro de mí de vez en cuando se vuelve una bola de fuego, que me recuerda quién soy de verdad y que no he nacido para estar diez horas al día en un despacho trabajando para un idiota.

Promesas para 2016

Hace unos días me propuse un reto para 2016. Una promesa en negativo: este año no voy a comprar más libros. Con excepciones, eso sí. Solo compraré aquellos que vea por casualidad y que sean una compra irrepetible, una adquisición que suponga una obligación moral.

¿Por qué me he propuesto esto? Porque me estoy viendo superado. En 2015 he comprado muchos más libros de los que he leído. A estos hay que sumar  los que tengo en casa y que he ido “heredando”. Es muy frustrante ver cómo crece mi biblioteca a un ritmo mucho mayor que el de mis lecturas.

Pues bien, no va ni una semana de año y he estado a punto de romper la promesa. Me cuesta mucho aguantarme. Resistir la tentación ha sido horrible.

Yo, en un centro comercial, esperando solo mientras mis acompañantes iban de compras. ¿Qué podía hacer durante todo ese tiempo? Tenía siete plantas de centro comercial. No me puse a mirar ropa, no fui a la sección de deportes, no pensé en cosas que necesitaba. Ni cuchillas de afeitar, ni champú, ni una cocacola aun muriéndome de sed. No. Fui a la sexta planta abriéndome sitio a codazos entre familias cargadas con regalos de reyes y esquivando a la chusma en general. Sexta planta, sección de electrónica, bricolaje y….¡tachán! Libros. Allí estaba yo, fiel a mi cita con el mejor estimulante de la vida. La adicción a las letras es terrible, la espera hasta la siguiente dosis de placer es agónica. Eso sí, es la mejor adicción que hay, ya que no deja resaca. Fui mirando autores. Clásicos, novela negra, ensayo, historia… Ante mis ojos pasan Hemingway, Jack London, Cela, Daniel Defoe, Günter Grass. Me acordé de la pila de libros sobre mi mesita. Los que me han regalado hace diez días. Los que compré este año, el anterior, y el anterior… Al final fui capaz.

¡Bendita literatura, nunca dejes de tentarme! ¡Larga vida a la agonía literaria!

España y la libertad

Ahora mismo, sobre mi mesita de noche, se encuentra El utilitarismo, de John Stuart Mill. Se trata de un libro de filosofía moral y trata el tema de la libertad. No decidí leerlo porque tenga un interés especial en la filosofía, sino porque decidí profundizar en el aprendizaje y la reflexión que llevan consigo el plantearse qué es la libertad. Mi inquietud por la libertad despertó con el pensamiento de Thoreau al leer su Tratado sobre la desobediencia civil y mi  convencimiento aumentó con Walden.

Soy consciente de que ser español y ser libre no está bien visto. España es un país liberticida. Solo hace falta echar un pequeño vistazo a nuestra historia reciente – los últimos 150 años, grosso modo- para darse cuenta que en este trozo del sur de Europa la libre voluntad de pensamiento u obra no está bien vista: carlismo, la guerra civil, la dictadura de Franco… Al final me acabé dando cuenta de que ese cainismo, ese odio y esa intolerancia que manifiesta la gente de este país viene de muy lejos.

En los últimos dos o tres años hemos podido ver pequeños ejemplos de ese odio latente que existe en nuestra sociedad. Hoy citaré dos de ellos. Son pequeñas gotas de autoritarismo, dosis de intolerancia hacia el pensamiento del prójimo que son la base de una violencia que tarde o temprano llegará. Todo lleva su tiempo, y este tipo de cosas no suceden de un día para otro. Además, el ser humano tiene muy poca memoria, y en España llevamos ya 40 años viviendo en paz, por lo que la retención colectiva de recuerdos ya se empieza a resentir.

El ayuntamiento de Valencia ha celebrado una “cabalgata laica”. El objetivo era sustituir los tres reyes magos por tres mujeres, llamadas Libertad, Igualdad y Fraternidad. No deja de ser curioso que la perversión de la palabra libertad esté a la orden del día por parte de aquellos que la odian. Sobre esta iniciativa subyace un odio y un rechazo hacia la fe católica. Vaya por delante que yo no soy creyente, pero respeto profundamente a aquellas personas que sí lo son. Pretender negar que una gran mayoría de la sociedad es católica es de una necedad sin precedentes; distorsionar sus celebraciones y adaptarlas al gusto del gobernante ya comienza a tener un tufillo autoritario; utilizar tal celebración para adoctrinar al segmento más vulnerable de la población ya se trata de una señal de alarma de lo que puede estar por llegar.

El otro ejemplo lo podemos ver en Ada Colau. Es la mujer de moda en la política, y muchos se ven seducidos por su sonrisa aparentemente benévola y amable. El hecho que esta mujer se esté convirtiendo en referente es muestra de la falta de principios que posee este pueblo. Sobre el pensamiento de Ada Colau existe el hecho de que solo puede obtener sus propósitos doblegando la voluntad de los demás. Esto se vio en sus escraches. La búsqueda de una cabeza de turco, de un culpable al que perseguir. En definitiva,  un político que no piensa como ella. Con este político no se debate intelectualmente para convencerlo, no. Se va a su casa, se le culpabiliza de los males de algunas personas -¿cuándo aprenderán algunos a ser conscientes de que son hijos de sus actos, de que la mayoría de cosas que le suceden, buenas y malas, son responsabilidad suya?- y se le obliga por las malas a que cambie de opinión. Estos escraches, pequeñas gotas de autoritarismo, de no aceptación del pensamiento del conciudadano, los hizo cuando no ella no concentraba ningún tipo de poder. Ahora es alcaldesa de Barcelona. En un tiempo sabremos de lo que es capaz.